LAS ROSAS (II), SHAKESPEARE Y JOSEFINA

Posted By: Susana De Laurentis On: Comment: 0 Hit: 88

Después de las cifras y datos del artículo anterior, vamos con un poco de historia.

¿Recuerdan la exitosa serie televisiva Juego de Tronos? 

    

Esa serie llena de intrigas, traiciones y todo tipo de muertes se inspiró en un hecho real no menos cruento ni falto de sangre y encarnizados odios: la trágica guerra civil que enfrentó entre 1455 y 1487 a las casas de Lancaster y de York por el trono de Inglaterra. 

Un acontecimiento tan dramático y pasional que pronto se convirtió en carne de dramas y novelas o tema pictórico. William Shakespeare y Walter Scott se ocuparon de ella, y, más recientemente, la serie de novelas del norteamericano George R. Martin. “Canción de hielo y fuego” que sirvió de inspiración directa a la serie de la HBO. Antes que ella, la BBC había realizado una espléndida miniserie, ”La corona vacía”, a la que no le restó horror y tremendismo el rigor histórico al que se atenía.

Desde la época romántica se conoce este episodio como la Guerra de las dos Rosas porque ambas familias tenían una rosa en sus emblemas: una rosa roja la Casa de Lancaster y una rosa blanca la casa de York. 

                 

Así cuenta Shakespeare el origen de estos emblemas en su drama Enrique VI.  En la escena IV del segundo acto, que se desarrolla en Londres, en el jardín del Temple, dice Ricardo, duque de York:

-       El que sea un caballero… si supone que he defendido la verdad, coja conmigo una rosa blanca de estos zarzales.

A lo que le replica el duque de Somerset, de la facción de los Lancaster:

-       El que no sea ni un cobarde ni un adulador…coja conmigo una rosa roja de espinoso tallo.

Al final de la escena, vaticina Warwick, otro York:

-       Y aquí profetizo que esta querella de hoy que ha acrecido esta facción hasta el jardín del Temple, enviará, tanto de la rosa roja como de la rosa blanca, millones de almas a la muerte y a la noche eterna.

Hay un cuadro de Henry Payne de hacia 1908 directamente inspirado en esta escena del drama de Shakespeare que lleva precisamente por título “Arrancando las rosas blancas y rojas en el jardín de la iglesia del Temple”.

              

El matrimonio entre Isabel de York y el Lancaster Enrique Tudor, el futuro Enrique VII de Inglaterra, puso fin a la contienda: se unieron las dos casas y se unieron las dos rosas en una sola: la rosa roja Tudor, desde entonces emblema real.

             

Desde Enrique VII que fue el primero que quiso retratarse así, se conservan numerosos retratos de los reyes Tudor y sus esposas llevando esa rosa roja como un atributo de su legitimidad dinástica.

En el Museo del Prado se puede ver el retrato que el pintor flamenco Antonio Moro le hizo a la reina de Inglaterra María Tudor, con motivo de sus esponsales con nuestro rey Felipe II. En él esa mujer de rostro adusto y porte envarado también aparece llevando en su mano derecha la rosa roja Tudor de su escudo familiar.

               

¿De qué rosa estamos hablando?

En el inventario de los rosales que existían en los jardines británicos en torno a 1500 aparecen 3 tipos de rosales.

El más antiguo de todos los cultivados en ellos era el rosal rojo Rosa gallica,para unos introducido en el país por los romanos; para otros, traído de oriente por los cruzados. Esta parece ser la especie que se convirtió en el emblema real de Gran Bretaña en 1486, cuando Enrique VII casó con Isabel de York y la rosa roja de los Lancaster paso a ser la rosa Tudor.

También estaba presente el Rosa albaigualmente de origen romano. Para alguno, la identidad de la rosa blanca de York es desconocida. Probablemente sería una Rosa alba semiplena, aunque también pudo ser una Rosa arvensis.

Había un tercer tipo de rosal en los jardines de los Tudor, el Rosa damascenaque llegó poco antes del 1500. El Rosa damascena variegata, llamado antiguamente York and Lancaster Rose, produce flores blancas y rosadas en el mismo arbusto. Es muy interesante desde el punto de vista histórico, pues la histórica elección podría haber sido sobre un solo rosal y no dos, pero hoy este rosal tiene poco interés en jardinería porque produce pocas flores y es poco vigoroso.

Los tres pertenecen al tipo de los rosales antiguos, donde se encuentran la mayoría de los rosales arbustivos. En general, son los rosales del jardín del pasado, anteriores a los Hibridos de Té y a los Floribunda.

      

Vaivenes de la moda

Hoy en día vuelven a ser protagonistas de las últimas tendencias en paisajismo. Hoy nos parece artificioso el pie alto y la estructura poco natural de los híbridos de té, por eso en la jardinería del siglo XXI se utilizan más los rosales de tipo arbustivo, desde los tapizantes a los arbustos altos o trepadores, mezclados con otros arbustos o vivaces, con lo que se consigue un aspecto más silvestre y natural del jardín. Por ejemplo, combinando rosas con aromáticas, una mezcla que, además, potencia la armonía de fragancias.  

         

         

El paisajista Luis Vallejo ha mezclado en los jardines de las Bodegas Vega Sicilia, en Valbuena de Duero, matas de Lavanda angustifolia con rosales “Aspirius Rose”. Y Jesús Moraime, que ha creado su propio jardín de rosas en Extremadura, mezcla en él los rosales arbustivos y trepadores con salvia, verbena y romero.

Pero, como no hay nada nuevo bajo el sol, la mezcla de rosales y vivaces tiene un precedente: los jardines de rosas históricos ingleses de Sissinghurst Castle en Kent, Mottisfoont Abbey en Hampshire o Coton Manor en Northamptonshire, entre otros, que albergan muchas variedades de rosas antiguas que de otro modo podrían haberse extinguido. Los ingleses fueron desde muy pronto grandes coleccionistas de rosas. Como los rosales antiguos florecen sólo una vez al año, pronto los mezclaron con plantas acompañantes: lavanda, clematis, geranios, herbáceas de todo tipo… a fin de prolongar la floración del jardín y potenciar su versatilidad.

Antes que los ingleses, fue Josefina de Beauhamais, esposa de Napoleón, la primera persona que coleccionó rosas de manera sistemática. Josefina era una gran aficionada a la botánica y una apasionada de las rosas. En su casa de la Malmaison, cerca de París, ordenó que se reunieran todas las variedades de rosas del mundo, y Napoleón, como marido atento, se las enviaba desde aquellos lugares que iba conquistando. Las rosas fueron una verdadera obsesión para ella, que mandó, además, que toda su colección fuera representada en bellísimas pinturas que aún se conservan.

 

 

 

 

 

 

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